martes, 31 de agosto de 2010

Tardes

Las tardes de otoño languidecían dejando pasar por las persianas un resquicio de luz que apenas rozaba el zócalo del salón. Elena Francis y el rosario eran líderes de audiencia cuando no había líderes de audiencia y las abuelas escuchaban con atención los consejos con que La Señora obsequiaba a solteras incorruptas, separadas resentidas y escocidos en general, que la llamaban muy desesperados para que les diera un consejo que arreglara su mezquina vida. Radio.

Me fascinaba observar como repasaban las cuentas de un rosario erosionado de tanta beatitud, con insospechada sincronización y pericia. Eran momentos mágicos donde me dedicaba a analizar los movimientos de sus dedos ajados por los años y por tantas caricias perdidas entre las ruinas de una guerra que no eligieron. Dios te salve María.

Los sábados se compraba el periódico. Esperaba a que mi padre acabara de leerlo para poder hojearlo. El tacto de su papel áspero producía en mí una extraña sensación. Como si pasara a ser adulto con solo tocarlo, como si me eximiera de ir al colegio el siguiente lunes. En esos momentos era importante, o por lo menos eso pensaba, que al final es lo que cuenta. El Noticiero Universal.

Blanco y negro, dos opciones, anuncios de Vanguard y Kelvinator. Concursos con caspa. Reinas por un día. Premonitorio. Un millón para el mejor. Desierto. Y el telediario, bueno, El Parte hasta que se fueron los abuelos, y Eugenio Martín Rubio con su varita sobre el mapa de cartón, manejándose con destreza entre isobaras y borrascas, entre marejadas y marejadillas, y su bigote nostálgico de otro tiempo, no precisamente atmosférico. Y el domingo misa y fútbol, si no, no era domingo. Panem et circenses.

martes, 17 de agosto de 2010

Humo

En ocasiones recuerdo el barrio en el que nací y crecí. En aquella época todavía existía la figura del Sereno, un vigilante nocturno que velaba por la seguridad de los ciudadanos trasnochadores, cuando trasnochar era llegar a casa a las doce de la noche, incluso tenía las llaves de los portales. Los autobuses de Barcelona me parecían unos monstruos verdes que inundaban de humo por allí por donde pasaban. Tenían el suelo de madera y unas barras nacaradas para agarrarse raídas por el uso, el cobrador iba en la parte trasera y había carteles que rezaban "prohibido escupir". En ocasiones cogíamos el Metro desde Poble Sec (entonces Pueblo Seco) y bajábamos en Fontana (entonces Fontana). Íbamos allí a visitar a un primo de mi madre, que siempre pensé que tenía más posibles que nosotros porque vivía en Gràcia, pero que al final resultó ser un desgraciado.

Los paseos hasta el colegio eran entretenidos, bajaba la calle Cabanes hasta Vilà i Vilà, giraba a la izquierda y pasaba por el restaurante Abrevadero, lugar de encuentro de los actores que trabajaban en el teatro Talía, después Studio 54, después lugar de citas, la mayoría clandestinas.

Un poco más adelante me encontraba con el encantador y maltratado Molino, donde hicieron las delicias de lo más granado de la ciudad artistas como Pipper, Johnson, Teresita la mojada, o La Maña.

El colegio estaba en la calle Tapioles (entonces Tapiolas). Era un edificio antiguo por fuera y moderno por dentro, como queriendo imitar los últimos años de Warhol. El director era el Sr. Janer. Hombre serio que nos obligaba a darle la mano cada mañana al entrar a clase. Siempre tenía aspecto de agotado, no se si por las exigencias de su amantísima, o porque, como descubrí más tarde, todos estábamos agotados, unos lo parecían más que otros, pero todos estábamos agotados...

Pero por fin cayó la estaca, y nos dieron tres días de fiesta que aproveché para enterarme de lo que sospechaba que era un hecho trascendente, estaba en tercero de E.G.B.

Los abuelos maternos lo vivieron con preocupación, los paternos con alegría, o sea que estuve muchos años en los que las reuniones navideñas acababan en discusiones políticas que más de una vez estuvieron a punto de desembocar en tragedia familiar. Ya ven, viviendo en primera persona eso que dio en llamar las dos Españas.

En uno de esos días de fiesta, recuerdo que mi padre me llevó a dar un paseo por las atarazanas y el muelle de las golondrinas, y me dí cuenta de que miraba el mar de otra manera, como si no lo hubiese visto nunca, o como si fuera una mar (como decía el) diferente. Incluso el aire era diferente, y hasta los autobuses parecían despedir menos humo. Ese día me di cuenta de que había pasado algo importante, algo que iba a cambiar nuestras vidas para siempre.

martes, 10 de agosto de 2010

Vino

Apareció súbitamente al doblar la esquina. Sin más, con la soberbia figura de una sirena emergiendo entre la espuma de un mar oscuro.

Hola ¿Cómo estás?

Una pregunta, tres palabras.

Y cómo te explico yo…tanto tiempo, tanta ausencia, tanto recuerdo de lo que fue, tanto pensar en lo que pudo ser, cómo te explico yo…

Cómo te explico yo las noches en barras de bar llenas de gente sin sombra ahogando mis miedos.

Cómo te explico yo la falta de colores y el sabor a óxido del fracaso.

Cómo te explico yo un asiento de acompañante vacío.

Cómo te explico yo el vacío, el tremendo vacío

Cómo te explico mis viajes para huir y no para llegar

Cómo te explico yo que tus ojos le devuelven el ritmo a este corazón que va con el paso cambiado desde que dijiste adiós.

Cómo te explico yo que siempre es invierno...

Hoy abriré una botella de vino para que me adormezca los sentidos, para que, aunque sea por un instante, olvide que, después de tantos años, todo lo bello se sigue pareciendo a ti.

Bien, estoy bien, no me puedo quejar

viernes, 6 de agosto de 2010

Carbón

Están aún lejanas las fechas en que se regala carbón, pero uno siente la necesidad de empezar a repartirlo aún a riesgo de resultar extemporáneo. No hace mucho ha comenzado un programa de televisión en el que un puñado de jóvenes se someten a un encierro con el objeto de afinar modales, corregir estéticas y pulir comportamientos. Le leí a un compañero de TL que en cuanto empezó el programa corrió a hacerse un plan de pensiones. No me extraña en vista del panorama. Aún así, estoy seguro que estos personajes no describen a la generalidad de la juventud porque si no la situación sería absolutamente descorazonadora. La cuestión es porqué se explicita la vulgaridad en lugar de la excelencia. ¿no hay jóvenes de los que podríamos aprender muchísimo?. La respuesta es si, pero estos no venden. Mi carbón va dirigido a los que, para conservar su audiencia, no dudan en hacer proselitismo de la vulgaridad, con personajes que se vanaglorian de su propia ignorancia.